Mi quehacer

Los antecedentes de mi vocación artística se remontan a los años de infancia, cuando los trabajos manuales me permitían habitar un mundo de ensoñación, alejado de la presión de las tareas escolares. La escayola, la madera, el cemento y todas las herramientas que el yayo tenía por el taller formaban parte de mis juegos, que a la postre fueron una perfecta enseñanza y el impulso necesario para afrontar esta forma vital que presento.

Siempre he sentido curiosidad por aprehender el entorno que me rodea. Observar la naturaleza para poder mirar desde ella al ser humano y sus acciones, estudiarlas para saber quien soy, cuestionando cada impulso y latido. El contenido central de mi obra, por tanto, es el carácter menos benevolente del individuo, el lado deforme y desgastado que nos retiene en un escenario desmesuradamente tecnificado e industrial.

La escultura me permite dar forma a todo ello, traduciendo lo que no puedo estructurar verbalmente. Así codifico y decodifico el presente pluriforme, doy nombres y rostro al tiempo que vivo. Comparo mi proceso creador con una prueba de ingenio (más allá de las cuestiones meramente técnicas) con la que debo buscar a tientas las pistas, las formas, los modos que me posibiliten otorgar cuerpo a esos conceptos que andan en continua fluctuación: convertir la complejidad en una suerte de unidad de significados.

Siempre me han atraído materiales que sentimentalmente me son afines, básicamente los menos “nobles”, los reciclados (maderas de “palés”, restos de podas, recortes de tela, clavos viejos, chapas de deshecho, tuberías, y un sin fin de restos que convierten mi taller en el bazar “del  todo un poco”). Con ellos mantengo un tiempo de doma, ya que al principio reposan en el taller durante tiempo y no son convocados al trabajo hasta hacerse familiares.

Con  estas proposiciones me creo, me destruyo y busco cada día el camino para llegar más lejos de donde hoy me hube de sentar.

David Gamella

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